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Mujeres de la tierra

En La Araucanía, el programa “Mesas de mujeres rurales”, creado por Indap y Sernameg en 2001, se ha transformado en un polo de desarrollo turístico. Con conceptos como agroecología, economía colaborativa y sustentabilidad, ellas se han transformado en líderes de sus comunidades, poniendo en valor sus productos del campo. Una pequeña revolución abierta a la exploración de los visitantes.

“Lo que hacemos nosotras no es lo que se muestra en la televisión”, dice Ruth Troncoso después de darle un sorbo a su mate. Es jueves en la mañana y en la sede de la mesa de mujeres rurales de Teodoro Schmidt está ella, sola, en silencio. Aunque a ratos aparece el sol, hace frío y está a punto de ponerse a llover. Tiene pan amasado, té, mermelada casera y huevos de gallina araucana, revueltos. Cada cierto rato se interrumpe para ofrecerlos: “Sírvanse, por favor”, dice, y después continúa con su historia, con voz suave, a ritmo pausado.

Ruth es la presidenta regional de las “Mesas de mujeres rurales” en La Araucanía, donde el 80 por ciento de sus miembros son mapuches. Ella también es mapuche. Dice que es algo de lo que le cuesta mucho hablar y se le quiebra la voz. Pero continúa. Es Mapuche por el lado paterno, pero su padre nunca la reconoció, porque su abuela materna –que no era mapuche- no quería tener relación con ellos e impidió que sus padres estuvieran juntos. “Yo fui muy discriminada por mi abuela, y mi madre nunca pudo estar con mi padre”, cuenta con tristeza.



Pero la sangre tira, agrega. “De niña, cuando iba al doctor en Nueva Imperial, mi mamá me contaba que yo corría detrás de los niños mapuches”. Después se casó con uno, y fueron su suegra y abuela paterna las que le enseñaron todo lo que sabe de la cultura. “Siento que ahora vivo en libertad. Me duele no haber vivido mi infancia como mapuche, pero desde el momento en que hubo reconocimiento hay que echarle para adelante”.

Tras 16 años de funcionamiento, las mesas reúnen en la región a más de 600 mujeres en 25 comunas, aunque se cree que superan las 800, ya que en muchos casos las fichas se demoran en llegar. A través de estos grupos, las mujeres reciben capacitaciones y recursos para emprender y así generar recursos para sus familias. Sus rubros son variados: textilería, platería, cestería, cerámica, deshidratados, conservas, gastronomía y agroecología.

Todas estas actividades se enmarcan en la oferta de turismo rural de la región. Pero para ellas, más allá del valor económico de su trabajo, está el objetivo de traspasar el conocimiento a las nuevas generaciones. Así, por ejemplo, cuando hay una feria en Temuco o Santiago, una de ellas no sólo lleva sus productos, sino los de todas, para promocionarlos.

Muchas de las integrantes viven en zonas aisladas. Por eso participar de las mesas le permite socializar, ponerse en contacto y generar redes. “Hay historias bien duras de vida. Algunas sólo necesitan que les des un abrazo y les digas que estás ahí por si te necesitan para algo”, explica Ruth. Por otro lado, se empoderan. Salen de sus roles de dueña de casa y se transforman en un sostén financiero para sus familias. Algo que hasta hace unos años, en un ambiente predominantemente machista, parecía imposible.

Un machismo que no sólo afecta el entorno familiar, sino también su trabajo con las instituciones del Estado. Irma Landeros es secretaria regional y presidenta de la mesa de Pucón. Es parte de ese 20 por ciento no mapuche y se le nota. Es deslenguada, buena para la talla. Comienza su monólogo contando aquella vez que fueron a una repartición pública y, aunque llegaron tres minutos antes del cierre, el director no las quiso atender porque ya iba a empezar su hora de almuerzo.

-En eso llegó un caballero en una camioneta y lo pasó para adentro, lo atendió altiro. Entonces se me paró la pluma. Entré y le dije que no me iba hasta que me atendiera, pero él insistía que estaba en horario de colación. Así que le respondí: ‘Mire, director, no porque haya llegado un señor en una camioneta 4×5 usted a mí no me va a atender’. Y ahí quedé como la 4×5” – cuenta riendo.

-¿Y las atendió?

-¡Claro que sí! El tema es que, como somos mujeres, tenemos que ir tres veces a cada lugar para que nos pesquen. Y una se demora, tiene que viajar hartas horas para llegar. Por suerte, de a poco han ido aprendiendo cómo somos nosotras.

-¿Cómo son ustedes?

-Uf, antes íbamos a reuniones y con suerte nos ofrecían unas galletas y jugo en sobre. Yo siempre explico que la gente del campo comemos lo mejor de lo que producimos, cosas frescas. Tú vienes y yo tengo sopaipillas, huevitos, lo mejor para ti. Y bueno, yo les digo, con respeto, que nosotras también nos podemos tomar un aperitivo, un vinito, porque entre ellos se los toman.

Irma vive en el sector rural de Pucón, cerca de los Ojos del Caburgua, donde ofrece comidas y alojamiento. Para ella lo más valioso de la mesa es que demuestra que sólo con una hectárea de terreno una mujer es capaz de llevar la economía de la casa. Esto significa integrar a la familia: por una parte a los maridos, que generalmente tienen que salir a trabajar y ausentarse por largos periodos de tiempo, y que con este modelo pueden quedarse en la casa y ser “padres presentes”, explica. Por otro lado, integrar a los hijos al negocio abre la posibilidad de que no emigren de sus hogares. “Estamos convencidas de que podemos hacer grandes cosas, que somos líderes”, dice.

El perdón de María Reimán

“Hija, ¿estoy bien ahí? ¿Cómo me veo?”, le pregunta María Reimán (40) a su hija mientras posa para el fotógrafo. Pertenece a la comunidad Lorenzo Quilapi, en Los Sauces, y es un referente en el uso del telar mapuche. Ella es de las pocas que saben hacer perfecto el dibujo del tralihue (cinturón), que tiene el mismo diseño por ambos lados, pero en diferentes colores. Un objeto que se hace de forma personalizada y que es sagrado para estas mujeres.

María, además, es dueña de casa y tiene tres hijos. Hace un año enviudó, ya que su marido se suicidó. Por eso, además debe trabajar la tierra, algo que no le gusta mucho. Pero por sus hijos, dice, lo hace todo. “Él tenía muchos problemas y le pasaron la cuenta”, explica María, para resumir cómo una demanda de paternidad, que siempre le negó, terminó por colapsarlo. “Eso fue lo último que pasó y se quitó la vida en la noche. Estuve muy enojada, pero fue una decisión de él y finalmente lo entendí. Él me dejó el mejor regalo, que son mis hijos. Así que ya lo perdoné, para que pueda descansar en paz”.

Ana Ancapi, una mujer picante

A 15 mil pesos vende Ana Incapi (52) el kilo de merkén. “Yo sé que vendo bueno, que vendo filete, y el que me lo quiera comprar a ese precio, bien”, dice con rebeldía. Es que Ana es, como se dice en buen chileno, “chora”. Se ríe fuerte y explica que en su comunidad “mandan las mujeres. Nosotras avisamos cuándo vamos a salir, si vamos a una reunión no vamos a preguntarles a los maridos”.

Para ella las mesas han sido un espacio de aprendizaje que “no tiene precio”, donde han podido valorizarse y dejar de ser “mantenidas”. “Nos enseñaron a creernos el cuento, y aunque no me voy a hacer rica, me gusta tener mi plata, tener mi negocio”, dice.

En su comunidad, llamada Juana Manquiñir viuda de Niculqueo, en la comuna de Los Sauces, otras mujeres venden huevos azules (de gallina collonca o mapuche), frutos deshidratados y tejidos variados. Sólo dos hombres participan de los programas de capacitación y emprendimiento que ofrece el gobierno. ¿La explicación de Ana para esto? “Las mujeres somos más aperradas y responsables”.

Viviana Paillalef, guardadora de semillas

04.10.2017
Viviana Paillalef integrante de las Mesas Territoriales de las Comunidades Indigenas de la Region de La Araucania es retrata en la localidad de Trancura, Curarrehue.
Foto: Juan Farias . La Tercera.

Un mes y medio estuvo hospitalizada Viviana Paillalef (43) después del nacimiento de su última hija. Fue un embarazo complejo: su guagua nació con complicaciones, ella sufrió daño hepático y se descalcificó. “Siempre digo que algo más tenía que hacer en este mundo, porque estaba muy grave”, relata. Viviana es la presidenta de la mesa de Curarrehue, tiene tres hijos y está separada hace siete años. Su fuerte son las hortalizas y su huerto casero se hizo famoso por rescatar semillas ancestrales, un conocimiento que heredó de su mamá.

En el proceso de crear su huerta, incluso pasó noches en vela. “Yo sabía que un bicho me atacaba las plantas, pero no sabía qué era. Entonces me quedé vigilando en la noche y las vi: eran babosas, que se comían las hojitas”. Hoy, calcula al ojo, tiene ocho variedades de papas, 14 de porotos y siete de zapallos. Cada una de estas semillas produce alimentos con sabores y texturas distintas, que un cocinero experto sabe aprovechar para distintas preparaciones. “Son muchos detalles, pero para mí, lo más importante, es que con el poroto de ciudad yo me enfermo de la guata y con este no”, explica con seriedad. En cada Trafkintü (intercambio de semillas), nuevas variedades llegan a su huerto. “Nos juntamos, nos pasamos datos. Estamos cada vez más empoderadas y eso me emociona”.

Isidora Coñoequir, picota en mano

“Lof Trankura. Territorio mapuche sin hidroeléctricas. La resistencia no es terrorismo”, dice un cartel afuera de la casa de Isidora Coñoequir (66), quien está metida entremedio de los bosques, en la cordillera de Curarrehue. Una mujer que se luce en las ferias de verano (Feria Walüng) con sus tartaletas y küchenes, que prepara sólo con frutas de su propio campo, y con la preparación de comidas tradicionales mapuches, como los milloquines, catutos y el famoso mudai.

Las mismas cosas que comen los jóvenes que llegan a su casa, y que conforman el pequeño grupo de turistas que llegan desde Pucón cada año. “Yo los veo como mis hijos, me río con ellos, les hago preguntas y ellos a mí. Antes, cuando llegaba mucha gente me cohibía, ahora me gusta”, relata. En su lof (comunidad) siempre ha trabajado la tierra con productos naturales, lo que ellos llaman “agroecología” (lo que hoy se denomina agricultura orgánica).

Desde su potente cocina a leña, donde prepara una cazuela de ave digna de revista gastronómica, Isidora reflexiona sobre cómo los talleres y reuniones de la mesa de mujeres rurales le han cambiado la vida. “Ojalá las hubiera conocido más joven”, explica. Cree que ahora más gente está interesada en lo mapuche, pero aún son muchos los que creen que ellos “son malos y flojos”. Eso le enoja mucho. Otra cosa que le da rabia es que la gente crea que hay terrorismo. “¡De a dónde! Qué terrorismo vamos a ser nosotros, si en el campo los mapuches, cuando viene gente, lo damos todo, como si fueran la familia nuestra”.

Las bendiciones de Margarita Paillalef

Por la casa de Margarita pasa el río Menetúe. Literalmente. Cuando llueve demasiado, el río se desborda e inunda su terreno. Por eso, el gobierno le pasó una casa estilo palafito, para resguardarse en caso de peligro. Pero antes de resguardarse, ella y su marido han tenido que correr para salvar a sus abejas y dejar los cajones en altura para que no mueran ahogadas. “El río no da mucho aviso, pero siempre tratamos de salvarlas, aunque estemos moviendo cajones hasta la madrugada”.

Margarita tiene una relación con sus abejas. Ya las conoce. “Es emocionante verlas cuando sale el sol y ellas empiezan a trabajar, regresan con su cargamento de polen, es tan lindo”, dice. Por eso, le gusta hablarles y las bendice. A veces la pican, pero eso a ella no le importa, porque la miel que le dan vale eso y más. “Cuando se te mueren las abejas sientes mucha nostalgia. Son unos seres tan importantes para nosotros y para el planeta”, afirma.

 

Contacto: Las “Mesas de Mujeres Rurales”, de La Araucanía, tiene una tienda en el Easy de la ciudad de Temuco donde, además de adquirir sus productos, se puede consultar por los servicios turísticos asociados a la mesa y contactarse directamente con las mesas comunales (Contacto: mesamujeresrurales@gmail.com).

Fuente:http://www.latercera.com/tendencias/noticia/mujeres-la-tierra/93240/

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